martes 3 de noviembre de 2009

La niña que soñaba con ser una guarrilla y una polla en la vagina


"Eres virgen"

Parece increible en estos tiempos que Marcia, de 11 años, sea virgen.
¡¡Ni que estuvieran en el año 2010!!

A Marcia se lo repetían una y otra vez. El año pasado, sus padres, le quitaron las muñecas. Decían que era demasiado mayor para que jugara todavía. Tenía que salir más con los de su clase. Querían llevarla incluso a un psicólogo para que detectaran cuál era el problema. Ellos, a los 12 años, tuvieron a Marcia. Ahora eran un feliz matrimonio de veintitrés años de edad con tres hijos a su cargo. Como tiene que ser. A los treinta, sus hijos serán tan mayores que podrán vivir los 30 años restantes conociendo a sus descendientes y hacer todo lo que no hiceron durante los duros años de trabajo y cuidando de sus hijos (así es la media de vida, entre 50 y 70 años, jubilándose a los 40).

Marcia adoraba la clase de historia.
Les explicaban que al principio se casaban sobre los 15 años (allá por el S. XVIII). Luego aproximádamente a la mayoría de edad... ¡¡¡18 años!!! Qué viejos. Vivían más tiempo, eso sí. Y más tarde incluso contraían matrimonio a los 30 ó 40 años; era increible. Incluso en segundas nupcias y terceras o de ancianos. En parte le hubiera gustado. ¿Cuándo cambió todo el ciclo? Vivir después de parir y no antes. ¿Y si morías en el parto? No vivirías nada. Antes, a los 11 años, eras una niña que jugaba con muñecas y ahora... eres una niña lista para procrear. Incluso hay niñas precoces que tienen hijos a los 7 años. Marcia a los 7 años tenía poco pecho y le daban envidia las chicas de su clase, que incluso llevaban una talla 85.
En 203 años había cambiado mucho el milenio y... La Tierra.

El miedo a la extinción y la escasa población que quedaba en el Mundo tras la caida del meteorito y la inminente ola que inundó medio planeta, obligó a la población a reproducirse lo más rápido posible y su consiguiente evolución. Cada vez se hacían antes mayores y los cuerpos, antes frágiles, se hacían fuertes a los pocos años de nacer.

Sus padres consiguieron convencerla que asistiera al psicólogo y, tras varias sesiones, el doctor le sonsacó la verdad: tenía miedo al sexo por culpa de una violación. Hasta la última sesión no supo quien fue el culpable: su padre.
Tras esa confesión el doctor murió por causas todavía desconocidas; supuestamente un ataque al corazón (aunque tenía restos de tela en la boca). No pudo avisar a la policía para que quitaran al padre de Marcia su custodia.

Marcia no volvió nunca más al psicólogo. Sus padres pensaban que era debido a un trauma. Lo que no se hubieran esperado jamás era el verdadero plan de Marcia...

El padre aprovechaba cuando la madre iba al trabajo para abusar sexualmente de su hija. Bueno... a principios de milenio podría denominarse: abuso sexual. Pero Marcia era feliz. Le gustaba lo que su padre le hacía. Le quería. Él se lo demostraba física y verbalmente. Ella no quería otro hombre. Él intentaba convencerla que tendría que emanciparse, luego la abrazaba y negaba sus propias palabras. El deseo hacia su hija traicionaba su deber como padre. Se amaban. La amaba más que a su mujer. Más que a sus otros hijos. Más que a su vida. Marcia era todo lo que podía desear pero... ¿quizás le traicionó el deseo y le volvió loco? ¿Cómo podía amar a su hija como mujer? Estos son los pensamientos de su enamorado padre.

Marcia se aprovechaba del amor de su padre para aprovecharse de toda situación. Tenía a su novio secreto que apenas se veían (su padre requería mucho tiempo y atención). Tenía un amigo que se la follaba cuando ella quería. Tenía su amasador de pan...

Todo lo que le rodeaba era, a su mente, obsceno. Cualquier cosa la utilizaba, cuando sus padres no miraban o no estaban, para provocarse placer sexualmente. Para penetrarse. Para recrearse.

Jamás hubieran imaginado que Marcia era una ninfómana. Aquella niña que un año atrás tuvieron que quitarle las muñecas con las que, tampoco sabían, se masturbaba a todas horas. La que lloraba por pelearse con su hermano. La que ama a su padre como un hombre... o eso creía su padre. La que ama a su familia como tal... lo que piensa su madre.

Todos, menos Marcia y su hermano, ignoraban que también abusó, esta vez sí, sexualmente de su hermano. Le amenazó con decirle a sus padres que había sido él si se chivaba y desde entonces él la temía. La odiaba. La evitaba.
Puede que Marcia sólo quisiera a su hermana pequeña porque también entraba en sus planes...

Era mala. Y muy guarra.
Sólo quería diversión. ¿Por qué casarse cuando a una edad tan temprana había descubierto tanto placer? No sabía que era el amor y no quería saberlo. No amaba a nadie. Se divertía mientras otros lo ignoraban.

Sus mejores amigos eran los preservativos y demás métodos anticonceptivos. Se lo habían dado todo. Le habían evitado convertirse en madre (detestaba la idea de serlo algún día). Era su mayor miedo. El aborto estaba completamente prohibido. Tenían que seguir evolucionando. Necesitaban constructores que sacaran la tierra de debajo del agua para crear islas y penínsulas donde expandirse.

A los pocos días de la muerte de su psicólogo, quedó con su novio. Le pidió matrimonio y Marcia no contestó. Su peor pesadilla se había hecho realidad. No quería casarse. Su novio sólo es su novio porque es guapo y se lo pasa bien con él. Él, Evo, insistía en la pregunta pero ella sólo le giraba la cara. Cansado, le cogió por los hombros girándola y le obligó a contestar. No, fue su respuesta. Evo llora desconsoladamente preguntándole por qué tirándola al suelo.
El desconsuelo pasó a la rabia. La rabia a excitación. Evo tenía la polla empalmada y quería follarse a Marcia ahí mismo, en medio de la calle con toda esa gente mirando.

Nadie se extrañaría. Sólo mirarían por casualidad. Follar en la calle era un placer y muchos hacian realidad sus fantasías. Si Marcia gritaba, la gente pensaría que es una joven que quiere hacerse escuchar.

Evo desnudó a Marcia. Ella tampoco se defendió mucho; estaba algo asustada sólo por un motivo pero no le creia capaz de hacerlo. Evo no lo haría... pero estaba muy enfadado. Lo hizo.
Metió su polla sin siquiera estar demasiado lubricado. El escozor de la penetración no fue lo que más le dolió a Marcia; sinó la falta de preservativo. Iba a correrse dentro y lo sabía. Ahora sí gritaba y lloraba. Evo era dos años mayor que ella y tenía unos fuertes brazos. No pudo hacer nada cuando notó que Evo se corría. La cadencia de sus embestidas era mucho más rápida y sus gemidos más fuertes. La gente miraba y aplaudía. Estaban viendo en directo una concepción. La cuarta del día, con fantasía sexual incluida. Evo se corrió entre aplausos ajenos y lágrimas de Marcia.

Se levantaron. Acto seguido se vistieron. No hablaban. No se miraban. Marcharon. Evo no volvió a verla nunca más.

Marcia, deprimida y convaleciente, fue a visitar a su mejor amigo. Él la vio tan decaida que sólo pudo abrazarla y preguntarle lo que había pasado. Marcia se lo contó con pelos y señales. Se retorció entre sus brazos y comenzó a frotarse contra el cuerpo de la única persona que podía confiar. Sabía lo de su padre, su hermano y su novio. Realmente, sólo le tenía a él, y no le amaba. Por eso se veía incapaz de querer a alguien.

Charl besó a su amiga y la desnudó y tocó allí donde ella decía que le dolía. Era tan tierno...
Marcia, pensando en que lo peor ya estaba hecho, le dijo a Charl que podía hacérselo sin condón, que de quedarse embarazada prefería que fuese de él.
Él, obediente y deseoso de hacerle el favor, fue tan cariñoso y amable con ella que la hizo llorar de alegría. La folló de tal manera que ella sólo podía gozar del momento. Nunca se lo habían hecho de esa forma. La penetraba delicada y a la vez ferozmente. Le besaba ansiosamente pero también era tierno. Le decía que la quería pero no era repulsivo ni quería insinuar nada más para el futuro, sinó describiendo el presente. Por primera vez, Marcia se sentía querida y respetada sin nada más a cambio; quizás un embarazo no deseado pero... quería tener la duda, en caso de quedarse, que él fuera el padre.


Desgraciadamente para Marcia, a los dos meses descubrió lo peor. Se había olvidado del tema puesto seguía menstruando pero en menor medida. Le creció el pecho pero pensaba que era porque se estaba desarrollando. Comía más pero también estaba más grande. Fue al médico y le confirmaron la noticia: estaba embarazada.

Quería abortar pero nadie se lo provocaría. Deprimida, se lo contó a Charl. Éste no pudo hacer nada, excepto abrazarla y dare su cariño en forma de sexo otra vez.

Sus padres se enteraron a los 5 meses cuando la barriga era evidente. El padre lloró de alegría. Fue a hablar con Marcia y le hizo prometer que jamás se lo contarían a su madre. Que el niño había que decir era de un novio que tuvo hacía unos meses. Claro que... él pensaba que era suyo.

Marcia no le corrigió. Si quería que el padre siguiera dándole todo lo que quería, tenía que hacérselo creer.

Así pues, se mudaron a una isla donde nadie les conocía haciendo pasar a Marcia por una mujer embarazada que perdió a su marido un día de pesca. Estaba mal visto ser madre tan joven y sin un hombre a su lado. Ese pensamiento no había cambiado en el transcurso de los siglos.

Marcia quería morir en ese momento. Ella sólo deseaba vivir. Quería ser una guarrilla y follar. Siempre con una polla en la vagina. Su sueño era ser madre como las de antes, una vez vivida la vida y dar a luz cuando no te quedara nada que explorar.

Quería que su hermana la viviera con ella y, aunque sólo fuera una persona en el mundo, la comprendiera.

El sexo sólo era una manera de expresarse. De reivindicar su vida.

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viernes 11 de septiembre de 2009

Sexonator: El Inseminador

En un mundo debastado por la contaminación, las guerras, la violencia y el deseo de poder; donde el amor, el placer y la amistad fueron aniquilados por la avaricia, la lujuria y la estupidez; crearon un androide con sentimientos y capacidades humanas como orinar, comer, defecar y reproducirse, ansioso de restaurar los valores más humanos y civilizados a través de la manera más natural e insintiva que se conozca: el sexo.

Él era... Sexonator, el Inseminador. Su tarea consistía en dejar embarazadas a las pocas mujeres jóvenes que quedaban (puesto a la gente no le preocupaba la población, sólo el salir con vida, y tener hijos era un impedimento para las huidas, puesto siempre estaban en guerra). Era un país gobernado por una gerontocracia. El 80% de la población tenía más de 50 años. Hacía tiempo que ninguna mujer daba a luz en Detroit... excepto las que eran violadas por los Grandes Ancianos. Viejos Verdes que las amenazaban con matarlas si no se dejaban hacer; amparados por la justicia puesto los jóvenes estaban demasiado ocupados en la Guerra con otros países más pobres. Los Viejos Verdes eran los encargados de masificar la población. De crear nuevos bebés y quitárselos a las madres una vez parieran para convertirlos en máquinas de matar, gracias a la tecnología androide.

Esas máquinas de matar eran los jóvenes que luego partirían a la guerra; pero a una de esas máquinas la dotaron con sentimientos y una capacidad sexual (que no requería tiempo de descanso entre polvo y polvo) para los días de vacaciones de los Viejos Verdes. Lo que no se esperaban era que esa máquina pudiera desentenderse de su principal misión, desacatando la orden de retirar los recién nacidos de las madres y luego encerrarlas convirtiéndolas en máquinas de parir; sinó escondiéndolas en otras ciudades para crear sus propias familias.

Sexonator, era, sin duda alguna, un romántico. Enamorado de la vida y las mujeres, era el mejor padre, amante y marido que en esos tiempos de Guerra una podría desear.


Todo comenzó el día que le dieron la libertad para violar a la mujer que quisiera con tal de fecundarla. La única arma que poseía, aparte de su fuerza y su enorme falo, era un recipiente con cincuenta test de embarazos; lo que suponía que tenía que violar a cincuenta mujeres durante un mes, hacerles un seguimiento y realizarles el test. Si daban positivo, eran llevadas al cuartel donde controlarían su embarazo y les retirarían al bebé. Si daban negativo, las volvían a violar hasta que quedaran embarazadas. Si descubrían que eran estériles... las asesinaban.

Sexonator se bastaba sólo. Por ese motivo, los Viejos Verdes dejaron de salir a faenar postrando toda su confianza en el androide, ya que el 75% de los casos de muerte de los Grandes Ancianos era por ataques al corazón al practicar el coito.

Sexonator no necesitaba correr hacia las mujeres como los Viejos Verdes; no, tras habérselas follado una vez. Eran las mujeres que corrían hacia él pidiendo ser folladas. Él no pensaba en su satisfacción personal, puesto no era una persona, pero las veía disfrutar con sus movimientos, sus embestidas, sus caricias y sus besos; como le pedían más, él les daba más. Hasta que ellas se corrieran, él no paraba. Luego las abrazaba y las dejaba campar a sus anchas por la ciudad. Estaba tan solicitado que tuvo que pedir más cartuchos con tests de embarazo puesto las chicas hacían cola e incluso pedían cita. Se obligó a llevar una agenda y tuvo que acortar el tiempo de las relaciones. De media hora a quince minutos por mujer. Así que tenía que correrse rápido y si alguna pedía más, acortar los polvos para que tuviera dos ó incluos tres polvos rápidos en un día. No se cansaba. Le hacía sentir bien verlas gozar. Eso le extrañaba. Les cogía cariño... se suponía que los únicos sentimientos que tenía eran impuestos para obedecer a los Viejos Verdes y a los militares. Pero él... sentía algo especial por cada mujer que penetraba.

Un día, Sexonator se cruzó con una bella mujer de pelo rizado, ojos azules y tristes, delgada, grandes pechos, hambrienta y sucia, que huía despavorida del androide que iba a violarla. El instinto paternal se apoderó de él. Le persiguió, ató y subió a su moto. Se la llevó lejos de allí y la tiró a un estanque para que se lavara.

Mientras se bañaba, Sexonator cazó un perro salvaje y lo asó en una hoguera. Esa bella mujer, ahora limpia, que comía desesperadamente una pata del perro recién sacada del fuego, le hacía tener ganas de llorar. Quería abrazarla. No era como las otras mujeres que encontraba en la calle; ella no imploraba que la follara bien follada... y eso le ponía.

Era la primera vez que sentía deseo sexual por una mujer. Al no saber controlarlo, su primera reacción fue cogerla fuertemente por los brazos y empujarla contra un muro. Le abrió las piernas con la mano libre y le rompió toda la ropa, dejándola desnuda ante él, llorando y suplicando que no le hiciera daño.

Eso le ponía todavía más. Sacó su enorme falo y, poco a poco, acariciándole todo el cuerpo para excitarla, fue metiéndolo suavemente en el coño de la joven muchacha, que no llegaba a humedecerse.

Era la primera vez que tenía dificultades para meterla... y eso le frustraba.

La tiró al suelo y la encadenó con las piernas y brazos extendidos al máximo. La acarició, besó y lamió todo su cuerpo. Chupó su clítoris, como tanto les gustaba a las otras mujeres que se lo pedían. Le hacía todo lo que las otras le pedían. Pero ella no se excitaba. Cada vez lloraba más fuerte.

Sexonator se cansó de ser bueno e intentó meter de nuevo su enorme polla en aquella estrecha raja. Era imposible. Enfadado y pagando su frustración con aquella joven de algo que no comprendía, embistió con todas sus fuerzas (y no eran pocas) aquella vagina que sangró como nunca lo había hecho al sacarla. Nunca había visto tanta sangre, pero él siguió. No podía dejar de follarla aunque sabía que le hacía daño. Sentía atracción por esa mujer y le gustaba verla sufrir; le ponían sus gritos y cuanto más gritaba más fuerte le daba.

La chafaba bajo sus 700kg de masa corporal y mecánica. Su coño estaba en carne viva pero eso no le importaba a Sexonator, que sólo quería escucharla gritar con más fuerza. Notaba que su polla estaba más grande que nunca. La metía y sacaba con una energía jamás demostrada. Estaba cubierta de sangre, pellejo y vello. Sin saber por qué, eso le gustaba aún más. Paró un momento para besar a la joven, la desató, le dió la vuelta poniéndole a cuatro patas y empezó a desgarrarle el ano. Aquél precioso culo ahora cubierto de sangre y entrañas. Todo era extrañamente excitante, y eso que sabía no la estaba haciendo disfrutar; pero, por primera vez: él sí disfrutaba de verdad.

No paró hasta que la joven se desmayó. Luego la asió por los brazos con fuerza y empezó a separarlos hasta arrancárselos. Luego hizo lo mismo con sus piernas y finalmente separó el tronco de la cabeza. La descuartizó con sus propias manos. Tiró los restos al estanque y marchó de allí en su moto cubierto de sangre caliente.

Llegó a la ciudad y allí estaban las mujeres, haciendo cola y enfadadas, porque había desaparecido toda la tarde. Le exigieron recuperar los turnos pasados. Él estaba sumamente enfadado y esa fue la gota que colmó el vaso.

Les obligó a ponerse en fila una a una desnudas. Cogió los tests de embarazo y los fue insertando en cada vagina fuertemente haciéndolas gritar de dolor a la mayoría de ellas. Algunas se quejaron puesto sabían que sólo faltaba una muestra de orina para hacerlo funcionar... y todas ellas quedaron sin dientes.

Mandó a todas masturbarse con los tests hasta correrse. Estaban tan nerviosas que sólo cuatro llegaron al orgasmo. Sexonator hizo salir a las cuatro de la fila y las puso culo en pompa mirando hacia él. Fue penetrando de la primera a la cuarta de una manera brutal. Estaban muy mojadas y su polla entraba y salía con cierta facilidad, pero era sangre lo que él quería ver.

Sacó su polla de la vagina de la primera chica y la metió fuertemente en el ano. Y así, una a una, comenzó a desgarrarlas y hacerlas sangrar.

Las 96 restantes querían huir pero estaban paralizadas del miedo. Parecía mentira que fuera el mismo Sexonator que las cuidaba, escondía y aguardaba de los Viejos Verdes cuando se quedaban embarazadas.

Al final, un convoy militar pasó por la zona y vio una fila de mujeres desnudas, en fila y de pie. Tenían orden de fusilar a todo sospechoso que vieran, por exaltación de virtudes, promover la igualdad y demás cosas que carecían de significado para ellos. Reconocieron a Sexonator haciendo sangrar a cuatro de ellas y pensaron que las estaba castigando por ser estériles, puesto llevaba casi un año en el puesto y todavía no había llevado a ninguna mujer embarazada al cuartel. Hacía tiempo que no nacían bebés (que supieran) en Detroit.

Los diez soldados empezaron a fusilarlas cada uno apuntando a una cabeza. Las que huían fueron perseguidas y violadas hasta que las mataban de un disparo a bocajarro.

Sexonator explotó pocos días después por acumulación de semen.


FIN



PD: perdonad el final tan rebuscado pero es que el jefe me está llamando... es lo que tiene que la inspiración te venga en el trabajo (XD).

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viernes 7 de agosto de 2009

Parafilia en imágenes

En mi otro blog comenté lo mucho que me está afectando el tema de las parafilias. Tanto es, que no he podido evitar buscar imágenes sobre las que más me han impactado.

Si te excitas con estas imágenes, eres lo de debajo de cada una (como el que dice "hijo de puta" o "degenerado de mierda", pues algo así, pero con nombre). Otros, simplemente, merecen ser amados aunque los cánones de belleza actuales les hagan mucho daño. Para todos vosotros, ahí van algunos ejemplos:

Zoofilia ("así me gusta, Rex)


Tributo a Wanda La Pute**

Tributo a Wanda La Pute II**

Lo suyo no tiene nombre.


Uretralismo (no he encontrado ninguna imágen, así que lo he dibujado en el paint: masturbarse metiéndose algo por la uretra)


Sadismo


Pungofilia (excitarse clavándose cosas)


Nosolagnia ("Como me pones" "¿por qué? ¡¡si no me queda nada!!" "Por eso, cuanto más blanquita y débil...")


Necrofilia (hoy estás soso, ¿eh?)


Ofidiofilia (¿te gustan escurridizas, ¿eh?)


Microgenitalismo ("Tú méteme los huevos que no veas lo que me roza el clítoris, Manuel")


Microfilia (no necesitan rodilleras)


Macrofilia (los hombres las prefieren gordas)


Hipoxifilia (dejame para respirar un agujfjfffffffffff mmmmm ffff)


Hierofilia (excitarse con cosas religiosas...)


Hemotigolagnia (no hay nada más excitante que un tampón calentito recién extraido)


Gerontofilia** (me excita la idea de no saber si te estoy comiendo un labio, una arruga o una berruga)


Gendoloma (fantasías sexuales para acelerar el orgasmo: estos tres animales son la mía)


Formicofilia* (excitación con insectos y demás bichos que se mueven bajo y sobre La Tierra)


Emetofilia (Excitación por vomitado. Cuando sea vieja y no pueda masticar me alimentaré así)


Acrotomofilia** (¡¡nunca me abrazas!!)


Dismorfofilia (excitación por personas con deformidades)


Clismafilia (excitación por los enemas...)


Botulinonia ("María, ¿dónde está la ristra de chorizos?" "En tol coño")


Abasiofilia** (hay que tenerlos muy grandes, me refiero a los que les colocaron y fotografiaron)




(*) Imágenes extraidas de aquí: http://mundopandemico.blogspot.com/
(**) Imágenes extraidas de aquí: http://tanatopraxia.com/


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martes 16 de junio de 2009

Horas de estudio y masturbación

Hoy os contaré la historia de Allen; un profesor de bachillerato que comprende a sus alumnos. Un profesor que llegó a ser profesor gracias a sus deseos más profundos. A su vicio consumado por cada hora de estudio programada. Por cada paja, por cada eyaculación, por cada gota de su semen.

Él era el profesor Allen. El Pajas:

-¡¡Ahora toca con el Pajas!! - gritó el delegado de clase mientras le reían sus compañeros y se bajaba los pantalones y calzoncillos. Pero no sólo él, sinó toda la clase al unísono. El sonido de las braguetas desabrocharse y el roce de la ropa con la piel al deslizarse hacia el suelo era música para sus oidos y excitación para sus sentidos.

Nada más entrar, Allen observó a los alumnos, todos desnudos. Era un requisito para poder aprobar; no había ningún profesor que se tomara tan en serio una norma, ni unos alumnos más obedientes que aprendían todo lo que querían a través de una de las prácticas más placenteras que existen: el sexo.

Era tan obstinado en sus propias leyes que incluso una vez suspendió el exámen que estaban preparando a una alumna por no quitarse las bragas porque no le gustaba llevar tampax. Allen cogió un tampax de su maletín y le hizo la masturbación por tampón más placentera que la chica había sentido en su vida. Al ponérselo la chica se había corrido tanto que tuvo que prestarle otro tampax para poder parar aquél reguero de sangre. Ese era su castigo, placer máximo y suspenso por no obedecer a la primera y haberle hecho manchar sus delicadas y experimentadas manos de sangre.

No era cruel, sólo era un hombre obsesionado con que sus alumnos pasaran placer haciendo algo que no les gustaba, como estudiar o hacer los deberes, e incluso les enseñaba trucos para cumplir con las tareas domésticas y a limpiar las manchas de semen y los palos de las escobas a las chicas y desinfección total en toda la casa.

¿Qué? ¿Que qué asignatura enseñaba? Pues física y química. Que gracias al frotar, se podía disfrutar. Que quién mucho agita, mucho escupe. Que si metes un palo en un agujero, sale mojado. Pues eso mismo, cosas básicas de la vida. Él visualizaba Física y Química como un coño y una polla con ganas de follar. Si no frotas el palito, no hay fuego; por lo tanto pasarás frío durante toda la noche. Sus alumnos debían aprender que CO2 era dióxido de carbono sano el cual respiraban las plantas por las noches, y sin la vacuna del 2, el dióxido se volvía óxido porque había cogido sida y se quedaba en el aire contaminando el ambiente. Por lo tanto, usa condón. Esa era su filosofía, y sus alumnos aprobaban con diez.

Os podrá resultar una chorrada, pero cuando llevas cuatro orgasmos en un cuarto de hora, a cada respuesta correcta una corrida, nadie le mira el sentido. Sus enseñanzas funcionaban. Al principio repartía tabletas de chocolate; pero la mitad de sus alumnos se volvían obesos a mitad de curso y los padres le llamaban la atención; aparte que no llegaba a fin de mes porque el chocolate iba de su bolsillo. No dan complementos por que todos tus alumnos aprueben. Decidió que la manera más sana, equilibrada y placentera era a través de algo estimulante y que gustara como el sexo.

Al principio chicos y chicas se quedaban en ropa interior; pero a medida que pasaban las semanas, cogían confianza e incluso empezaban a masturbar al que lo hiciera bien. Pero cuando mejor se lo pasaban, y era un gran incentivo para toda la clase y por eso ninguno bajaba del 9.8 de media, era cuando daba los resultados de los exámenes. Esa hora de clase la pasaban follando entre ellos como celebración de la gran nota.

En ocasiones tenía problemas con alumnos en sus clases culpa del bulling. Cuando veía que uno se quedaba en una esquina sólo, sin adaptarse a la situación, guardaba en su maletín bolsas de papel que ponía en las cabezas de toda la clase e iba emparejando. Amenazaba con suspender al que se negara a chupar el genital o no penetrar ni dejar ser penetrado para todo el curso sin poder recuperar para selectividad. Tras el primer trimestre les quitaba las bolsas de las cabezas y el bulling había desaparecido. Muchos de los empollones o feos granudos eran los que mejor la metían porque eran los que tenían las fantasías sexuales más violentas y excitantes. Lo había comprobado en los diez años que llevaba dando física y química por masturbación individual y colectiva.

No se excitaba viendo los alumnos. No era tan degenerado. Él disfrutaba más cuando los compañeros le felicitaban y le preguntaran el truco para que los que suspendían todas las asignaturas sacaran tan buena nota en la suya. Sólo respondía: yo les doy lo que quieren y ellos me dan lo que quiero yo. Ellos quieren pasarlo bien y yo quiero dieces.

Era feliz en su ignorancia. Él no sabía que había profesores que le criticaban a las espaldas y buscaban cualquier excusa para fastidiarle. No sabía que pagaron al conserje para que instalara cámaras en el aula de química. No sabía, un martes día diez de marzo, que a segunda hora, a diez minutos de comenzar su segunda clase de física y química del día, tendría al director llamando a la puerta seguido de sus secuaces y dos policías dispuestos a detenerle.

Pasó dos años en la cárcel hasta que se celebró el juicio; le acusaron de corrupción a menores, amenazas, violación y secuestro (puesto cerraba la puerta con llave y la guardaba dentro del ano por si alguno quería huir). Lo increible es que hasta sus alumnos, a los que él aprobaba, daban la razón a los otros profesores. Alumnos que jamás habrían perdido la virginidad de no ser por él. Alumnos maltratados física y psicológicamente por los gamberros y las guarras que acabaron metiéndoles probetas por el culo, insertando su polla en ellas y estas chupándole la polla por cada diez que sacaba, víctimas del bulling que gracias a él dejaron de ser maltratados dolorosamente para ser benerado sexualmente.

Ninguno de ellos aprobó física y química en selectividad. Esa fue su venganza. Nunca jamás el feo de clase perdió la virginidad antes de los diecisiete años.

Doce años después estaba en la calle y muchos de los que habían sido sus alumnos les atendieron en puestos de helados, hamburguesas y cervecerías. Allen el Pajas consiguió ser profesor de física y química en la Universidad y de ahí salieron los mejores profesores de la época. Él seguía orgulloso de sus métodos de enseñanza y quedó más que probado que era el mejor profesor del Mundo.

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martes 9 de junio de 2009

Soy una grandísima Puta

Sí, amigos míos, soy una cerda. Una grandísima puta.

Me gusta follar y ser follada. Que me aten, que me hagan sufrir de placer. Atar y cabalgar. Chupar pollas. Lamer cuerpos enteros. Hacer chupones en las nalgas del hombre, cuyo placer se debe a la incomodidad de ser explorado en esa zona. Meterme los huevos en la boca y succionarlos. Follar con un tío. Con dos a la vez. Con cuatro incluso. Que me tapen los ojos con un pañuelo, me desnuden y recorran mi cuerpo con sus lenguas. Que me unten en chocolate, nata, leche condensada, semen, frutas, shushi y cualquier alimento o secreción que pueda resultar erótico comer de mi plato. Adoro explorar nuevas fronteras. Comer coños. Dejar que me chupen y succionen cualquier parte de mi cuerpo. Correrme sin esperar al placer de la otra persona. Despertarme con pollazos en la cara. Vivir.

Adoro el sexo.

He vivido mucho. He experimentado cosas irrepetibles y otras que no dejan de darse en mi recorrida vida sexual. He visto muchas pollas, comido todavía más e insertado dentro de mí muchísimas más. Incontables pollas han rastreado mi cuerpo en busca de placer. No recuerdo los nombres de los dueños de los aparatos que me daban placer. No recuerdo sus caras. No recuerdo su tacto. Ni si me dieron o no placer. No recuerdo con cual de ellos tuve mi mejor experiencia sexual.

He follado con condón a desconocidos. Sin condón a mis amigos. Tomado todo tipo de métodos anticonceptivos para evitar embarazos no deseados. He corrido a hacerme análisis cuando se rompe el condón de desconocidos. A tomar la píldora del día después. Me he preocupado mucho de los retrasos en la menstruación. He tenido hongos. Gonorrea. Virus del papiloma humano (VPH). Pensé que tenía sífilis; quedó en un susto; no llegó a contagiarme ese cabrón, la cogió después de follarme y rompérsele el preservativo. Mis placenteros juegos sexuales han hecho que tuviera muchos sustos. Comprobé que los preservativos no aguantan una dura sesión de sexo desenfrenado. Descubrí el placer que da ser penetrada por el culo. El placentero dolor de ser golpeada mientras te follan sin dejarte respirar. Ser violada. Desgarrarte el coño por la falta de lubricación. Dolores. Sangre. Angustia. Placer desenfrenado.

Soy feliz por las experiencias que he vivido, sentido y descubierto.

Soy feliz porque he conseguido labrarme una carrera machacándome el cráneo para conseguir mi puesto de trabajo de Inspectora Jefe de la Policía Nacional.

Soy feliz por haber llegado tan alto en la vida, no sólo moral, sinó también físicamente.

Pero me duele haberlo perdido todo por no haber sabido decir basta.

No sirve de nada haber vivido tantas experiencias, sentido y descubierto. No sirve de nada ser Jefe de algo, y mucho menos de la Policía; esos trabajadores que se esfuerzan por proteger a las personas de los criminales. No sirve de nada haber llegado tan alto en la vida si no puedes disfrutarlo, compartirlo, ni darle un heredero a tu gran fortuna tanto económica como moral. No sirve de nada si al último que te follaste en los insalubres lavabos de aquél bar se le rompiera el condón y acto seguido te dijera disculpándose entre lágrimas:











- Tengo sida.

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lunes 25 de mayo de 2009

El Señor de los Besos

Todo comenzó con la creación de los Hermosos Besos.

Tres fueron entregados a los Picha Largas, inmortales, los más sabios y bellos de todos los seres.
Siete a los señores Picha Cortas. Grandes mineros y artesanos de las cavidades montañosas.
Y Nueve... Nueve fueron entregados a la raza de los Picha Gordas... que ansían por encima de todo el Amor.

En aquellos Besos residía el amor y la belleza para gobernar a cada raza. Pero todos ellos fueron engañados... pues otro Beso más fue creado...

En los Montes de Venus, el Señor Luminoso Lámparor, posó sus labios en el forjador de besos para crear así el Beso Único.

Un Beso para gobernarlos a todos, un Beso para encontrarlos,
un Beso para atraerlos a todos y atarlos entre las sábanas.



Fue hace miles de años, en un mundo donde el odio, la irrespetuosidad y la falta de contacto gobernaban.

La historia comienza en Chiquitón. Un paisaje tenebroso cuyos habitantes, los Pichitines eran escabrosamente violentos y odiaban el contacto físico por encima de todas las cosas.

En ese lugar se reproducían sexualmente sin tocarse. Había lugares habilitados para consumar esos actos. Nadie sabía quién era el padre del niño, puesto durante los días fértiles de la mujer, ellas permanecían allí encerradas y los hombres podían pasearse libremente e insertar el pene en tantos agujeros como desease en un día. Las mujeres sólo eran útiles para la reproducción.

Se realizaba tras una pared con un agujero en medio. La mujer se tendía abierta de piernas con la vagina a la altura del agujero y el hombre insertaba su pene, sin estimulación ni nada, dentro. Se corría ayudándose de sus manos y repetía la acción tantas veces como desease. Un hombre era superior cuántas más vaginas consiguiera llenar en un día.

Era una verdadera lechería.


El día del cumpleaños de Vulvain, que había sido encerrado dos años por tocar a una mujer, decidió marchar y dejarle todas sus pertenencias a su sobrino Frotis, que se alegró de su marcha a tierras picha larguianas.

El evento atrajo al mago Grandick, amigo de la familia, encargado de darle toda la herencia a Frotis; incluido el Beso, que Vulvain consiguió después de desvirgar por el ano a la criatura Pollum, porque fue poseido por el Beso que éste le profirió.

Vulvain besó a Grandick y éste a Frotis, que enseguida se empalmó y tuvo deseos de poseer allí mismo al gran Grandick, cuyo beso antes había tenido el mismo efecto con Grandick y Vulvain. Vulvain fue penetrado fieramente por Grandick sin poner objeción. Agonizaba de dolor en el amplio salón mientras el enorme falo del mago penetraba tan hondo que le reventó el ano. Qué decir que por tamaño, la polla de Grandick era tan grande como el brazo de Vulvain.

Grandick al darle el beso recordó lo que hizo con Vulvain y se levantó la sotana mostrando su enorme agujero anal para ser poseido por el pequeño pene de Frotis.
Frotis se sentía tentado pero tras mucho pensar, y ya con la polla en la mano, le dijo que no.

Grandick estaba orgulloso, era el único que había resistido la tentación de encular al que le diera el beso. Se convirtió así en el elegido.

Tenía que irse pronto, partir raudo y veloz porque los nueve Picha Gordas ansiaban ese beso para poder por lo menos no sentirse mal cuando penetraran a sus mujeres, cuyos cuerpos no les excitaban en absoluto; y destruirlo en el Monte Luminoso donde fue creado; pues Lámparor era gay y odiaba las vaginas, por ello el beso otorgaba el deseo de penetrar el ano del portador.

El Beso se sentía, lo portaba con gran valor y esfuerzo, pero era incómodo ver las caras de los habitantes de Chiquitón girarse a su paso y corriendo hacia él, muchos con los pantalones bajados y meciendo sus pequeños rabos cada vez más empalmados.

Frotis corrió y corrió hasta que salió de Chiquitón para adentrarse en las tierras pichalargas.

Durante el camino, tres compañeros más fueron tentados pero al ver la cara de preocupación de Frotis, dejaron de sentir deseos y decidieron acompañarle en su dura tarea.

Tenía mucho miedo, pues, aunque sus compañeros de viaje, Pichín, Merdy y Sabo, no sentían la tentación de encularle, estaban adentrándose profundamente en las tierras de los pichalargas. Era un serio problema, puesto visto lo ocurrido con Vulvain y Grandick, el beso no entendía de razas. Los pichalargas podían llegar a tenerla de un metro, y él medía noventa centímetros escasos... un verdadero empalamiento. Pero lo que más preocupaba, era que los pichalargas se apareaban con sus vaginaestrechas colgándose de lianas de los árboles, sin tocarse, encestando según se balanceaban, dejando dentro la polla cuando llegaba la hora de correrse.

En diez kilómetros debieron ver cinco veces esa acción. Dos veces la corrida cayó sobre ellos, porque en el momento de la eyaculación el pichalarga no encestó. Por eso cada vez había menos. El alcohol y los porros de ortigas afectaban los reflejos de éstos y no se reproducían como antes.

Ocurrió en el kilómetro once. Se cruzaron con un Picha Gorda, cuya mirada a Frotis indicaba deseo. Corrió y corrió y sus tres compañeros de viaje agarraron al pichagorda por las piernas y lo consiguieron detener tirándolo contra el suelo.

Le avisó que debía esconderse, que él no quería meterle nada, pero que otros le estaban buscando. Su nombre era Trancas.

Llegaron a acampar a un montecito donde prepararon algo de comer. Trancas estaba cazando para comer al día siguiente y pronto les sorprendieron los dueños de los 9 besos que fueron entregados hacía dos mil años; que se habían convertido en almas que ansiaban el Amor.

Huyeron hasta donde pudieron; Frotis estaba acorralado y se le ocurrió mandarle un beso al aire para comprobar el efecto; el alma sacó su gordo falo y se lo metió de la garganta al esófago en menos de un segundo. Frotis se habría ahogado en su propio vomitado si Trancas no hubiera aparecido blandiendo el rabo amenazante contra las almas faltas de cariño.

Tenían que llevar a Frotis al poblado Picha Larga más cercano, puesto sólo Elrabon podría curarle con su picha mágica. Al llegar, Elrabon velozmente le insertó su larga y fina polla en la boca hasta el esófago, para curar la hemorrágia que le estaba matando por dentro.

En dos semanas siguieron su camino los cuatro pichitines, junto con Picha Larga Legogay, el mago Grandick, el Picha Corta Gilipi, y los Pichas Gordas Borollón y Trancas, que ahora se hacía llamar Alpollón; tras despedirse de su tío Vulvain, que allí descansaba, en silla de ruedas culpa de su encuentro con Grandick.

Lo que todos ignoraban es que Alpollón era un degenerado viola vaginashúmedas, que son las hembras de los Picha Largas. En concreto de una: Kalgüenmayude.

Alpollón no deseaba encular a Frotis, pero sí el beso... el beso que haría que la relación con Kalgüenmayude fuera consentida, y dejar de taparle la boca cuando le penetraba su polla gorda tan hondo que no paraba de pedir socorro.

Todas las razas del Mundo detestaban el contacto físico, era muy raro el caso de Alpollón. Y además no con su raza, sinó con la de las Pollas Largas. Si alguien se enteraba sería condenado a muerte por la Ley Mundial Antifísica; o lo que es peor: les convertirían en Poyocrós, seres infectados que han llegado a rozar a una persona del sexo opuesto y han sido castigados a sufrir toda la eternidad. Alpollón podría sufrir algo peor, puesto llegó a penetrar. La condena sería tremenda; necesitaba ese Beso. Kalgüenmayude tenía que ser suya.

Por el camino hacia los Montes de Venus, descubrieron tantos cadáveres empalados, tantos seres deseando meterle el rabo a Frotis y tantos poyocrós intentando matarles a pollazos que estaban hartos de huir y proteger sus anos con cotas de malla, que se les enganchaban a los pelos del culo y les dolía horrores al correr, levantarse y quitársela para ir a cagar.

Esa es otra, para cagar tenían que tener cuidado los poyocrós no se hubieran escondido bajo tierra, con el rabo camuflado con hojas y ramas o bajo tierra dispuesto a sacarlo en cuanto notaran que había alguien sobre ellos. Así llegaron a metérsela casi enterita a Legogay, lo que no sabían es que estaba acostumbrado al dolor anal y no tuvo miramientos para vengarse de quién le había penetrado sin su consentimiento.

Gilipi se metía mucho con Legogay durante el viaje, hasta que un día le metió su larga polla para callarle, con cuidado no hacerle daño, hasta corretear por el intestino grueso. Tenían la polla tan fina, tan juguetona, tan flexible, que Gilipi se tuvo que comer sus palabras y sus manías y dejar que Legogay le metiera su polla en los ratos libres porque adoraba esa sensación; el cosquilleo que le producía esa varita juguetona dentro de él. También se comió la polla unas cuantas veces, y le metió su pequeño pene a Legogay para devolverle el placer. Aunque Legogay disfrutaba metiéndose a él mismo su falo, puesto era más larga y llegaba a todos los rincones, pero no le importaba que el Picha Corta jugara un poco con su sexo y de paso se diera placer a su costa.

Alpollón también jugueteaba sin el permiso de Borollón. Borollón se negaba pero Alpollón sabía que entre Picha Gordas, el sexo anal estaba permitido cuando no había vaginas hambrientas a su merced. Borollón tuvo que dejarse dar para calmar el apetito de Alpollón, que pensaba en Kalgüenmayude mientras le daba.

Los cuatro pichitines también jugaban, aunque Frotis se cansaba demasiado pronto siempre, tosía muy amenudo. La herida aún no había sanado del todo... y nunca lo haría. Grandick solía estar siempre jugueteando con los pichitines. Les parecían graciosos y les gustaba verles llorar y berrear y gritar cuando les metía aunque fuera la puntita.

Al cabo de unos días la misión terminó. Se quedaron en unas dunas sin poder parar de darse por culo. Los muy idiotas murieron de inhanición. No pensaban en su misión. Todos habían caido presas del Beso, que marchó al no tener dueño, a otras tierras... unas tierras donde pervertiría a otras gentes...
Acabó en manos de Kalgüenmayude, apoderándose de la raza de los Polla Larga, luego marchó a las de los Picha Corta, haciendo que se empalaran entre sí con sus lanzas y hachas en las Minas, siguió a los Pichitines, que no consiguieron dominar el deseo que les hacía matarse a pollazos y por último acabó en manos de los Polla Gordas; cuyo deseo sexual fue acompañado de deseo moral y el Beso acabó convirtiéndose en lo que llamarían Amor.

Un Beso que extinguió cuatro razas, pero que los Picha Gordas acabarían llamándose humanos y amando a sus mujeres, hombres y niños, dándose cariño y respeto mútuo y viviendo felices hasta el fin de sus días.

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martes 5 de mayo de 2009

Incesto


Dravos y Etnia eran dos hermanos que no supieron lo que era el sexo hasta que un día descubrieron que el roce de sus cuerpos les proporcionaba un placer que no habían experimentado en la vida.

No sentían eso cuando sus padres les vestían, ni cuando les sujetaban para no caer o les abrazaban antes de dormir.

Tenían quince y diecisiete años por ese entonces.

Vivían en una aldea a las afueras de Atenas. Ni la religión y sus Dioses, ni las enfermedades habían llegado a esa pequeña concentración de humildes personas que sólo querían tranquilidad y libertad, aunque ello supusiera que los nuevos padres se marcharan a la ciudad para darle mejor futuro a sus hijos. Dravos y Etnia eran los habitantes más jóvenes que quedaban, tras sus padres.

Una mañana Etnia fue a despertar a Dravos. Ese día Dravos podía dormir todo lo que quisiera puesto ya había comida para varios días. El día anterior, los hombres de la villa habían cazado cuatro ciervos en el mismo bosque donde otros no se aventurarían porque creían que las ninfas avisarían a la Diosa Diana y les convertiría en presa de caza. Llegaron agotados dadas las horas de espera y carga de las presas de vuelta.

Dravos se enfadó con ella y la hizo llorar, se había propuesto no levantarse hasta la hora de comer. Amaba a su hermana; su misma sangre; detestó verla así. Intentó consolarla con un fuerte abrazo acariciándole su larga melena hasta donde termina la espalda varias veces seguidas. Le apartó el cabello y siguió acariciándole la espalda siguiendo la columna vertebral de abajo a arriba largo rato, finalizando con un suave masaje con distintos tipos de caricias y luego besó su frente.

Etnia ya no lloraba.

Llegó el momento de separarse pero en vez de ello, Etnia comenzó a acariciar el pecho de su joven hermano. Con quince años era más alto y más musculado que algunos hombres del lugar. Moreno de piel, nariz recta, media melena morena y enredada y ojos azules. Pocos habitantes tenían los ojos de ese color, excepto su abuelo y su padre. En cambio ella había sacado los rasgos de su madre. Grandes pechos y anchas caderas, cintura estrecha, brazos y piernas largas, nariz respingona, cabellos oscuros y ojos grises.

Dravos la veía hermosa. Pero era su hermana y, por esa razón, intocable. Aún así, deseaba que siguiera acariciándole el pecho, asiéndole de las manos y bajándolas poco a poco por su abdomen hasta llegar a la todavía pequeña abultación que se estaba formando bajo la tela que utilizaba para dormir.

Ella no apartó las manos cuando rozaron la parte de su hermano que sólo había visto cuando eran más pequeños.
No sabía qué era, para qué servía, ni por qué ella no tenía esa parte en su cuerpo. Muchas veces lo había preguntado a su madre y le reñía por pensar en ese tipo de cosas. Sentía mucha curiosidad. Apartó la tela que la retenía y la estudió con la mirada, su forma alargada, lo venosa que era, el color diferente al resto del cuerpo y el vello que tenía en la base junto con una extraña forma irregular algo ovalada. La curiosidad la venció a los pocos segundos y comenzó su exploración con el tacto.

Era suave, aún venosa la sentía lisa y su mano no podía parar de subir y bajar porque le hacía gracia mover la piel que descubría la punta de ese extraño miembro de su hermano. Dravos se acostó de espaldas pidiéndole que siguiera, que le gustaba lo que le hacía; era mejor que las cosquillas y las caricias.

Etnia siguió, cada vez lo hacía más rápido y apretaba porque era duro, pero a la vez blando. Era diferente. Le gustaba mucho el tacto de esa piel y la reacción de su hermano al realizar ese ejercicio.

Pasaron dos minutos. La joven se fijó que tenía un orificio en lo más alto y se puso a tocarlo con una mano, mientras con la otra seguía subiendo y bajando aquel pellejo. Acercó la cara e intentó mirar a través de él. Su hermano empezó a convulsionar y en un segundo Etnia se apartó gritando por lo que le acababa de saltar en la cara, dándole de lleno en el ojo.

Salió corriendo de la habitación y fue corriendo a la cocina a quitarse esa masa blanquecina de la cara. Estaba asustada por si perdía el ojo. Se lavó rápidamente entera con especial atención en los restos del pelo, mejilla, labio, ojo y cuello.

Tenía miedo de contárselo a su madre, pero mucho más de ver a su hermano.

Dravos intentó hablar con ella durante días en vano. Estaba esquiva y no quería saber absolutamente nada de lo que había ocurrido.

Una mañana, al cabo de tres semanas, Dravos fue a despertarla a la habitación.

Hacía mucho calor ese mes de junio y toda la familia llevaba días durmiendo desnuda. Quedó un rato observándola desde la puerta. Estaba tapada de cadera para abajo, dejando su cintura, sus voluptuosos pechos, brazos y cabeza al descubierto, para disfrute de su hermano. Se sentía extraño, el miembro que semanas antes Etnia le había hecho alcanzar un placer casi infinito, se estaba levantando de nuevo ante esa visión. No sabía decir cómo se sentía.

Se aproximó al lecho y se tumbó a su lado, posando un brazo sobre su lisa y fina cintura. Se desabrochó la tela que llevaba puesta y la tiró al suelo, quedando completamente desnudo. Metió sus piernas bajo las sábanas, abrazando con sus piernas las de su querida hermana.

No podía dejar de mecerse. Las caderas se le movían solas de alante a atrás apretándolo en las caderas de Etnia. Era como si su entrepierna quisiera despegarse de su cuerpo, pero en vez de dolor, le provocaba un placer que necesitaba las manos de su hermana de nuevo para desquitarse.

Posó una de las manos de Etnia sobre él pero ella estaba profundamente dormida. Le daba miedo despertarla por si gritaba y despertaba a sus padres. ¿Qué dirían si les vieran en esa situación? No, debía hacer cualquier cosa para detener esa angustia y volver a hablar con su hermana como antes.

Abrazó fuertemente a su hermana y comenzó a acariciarla bruscamente mientras los movimientos eran cada vez más bestias. Alante-atrás-alante-atrás. Despertó a Etnia.

La chica le miró con los ojos muy abiertos y, justo cuando se disponía a gritar, Dravos se posó sobre ella clavándole su sexo en la parte más blanda y caliente que nunca había sentido de su hermana, teniendo que tocarlo para entender un poco más dónde estaba situado.

Empezó a acariciarlo explorando un poco más la zona. Etnia empezó a calmarse reaccionando positivamente a las caricias de su hermano, alargando los brazos para posarlos en su espalda y tocarle mientras él continuaba con su peculiar excursión.

No se dio cuenta que se estaba moviendo de la misma manera que su hermano hasta que él llegó con las manos a acariciarle sus pechos y sonrosados pezones. Sus partes chocaban con las de él y poco a poco el miembro de su hermano se le iba clavando más y más. Hubo un momento que creyó que le estaba intentando entrar dentro y se asustó; pero no podía parar de moverse.

No sabían qué hacían. Sus respiraciones entrecortadas, sus caricias y fuertes abrazos, los besos que necesitaban darse en la cara, cuello y hombros, los mordiscos, los movimientos y gritos ahogados que soltaban moviéndose cada vez más bruscamente hasta que al final entró.

Etnia creía que se moría del dolor. Gritó tan fuerte que Dravos tuvo que taparle la boca. No querían despertar a sus padres. En cambio él no tenía ganas de gritar. No había sentido jamás tanto placer. Cada vez se movía con más fuerza. Cuando vio que a su hermana le costaba respirar apartó la mano y vio que ella reaccionaba a su placer con pequeños movimientos de cadera y abrazos más furiosos acompañados de arañazos y mordeduras para evitar gritar.

Él también mordía. Mordía los pechos de su hermana y su cuello. Le cogía de los brazos para que dejara de arañarle e intentar apartarse en alguna ocasión que él la metía con más rabia, tocando lo que ambos sabían era el fondo y no llegaba a más. Sabía que a ella le dolía, pero lo aguantaba bien; por ello seguía. Verla sufrir y disfrutar a la vez le hacía excitarse todavía más, y más, y más y más. Y más.

Y otra vez ese líquido blanquecino y un placer nada comparable al de hacía tres semanas.

Etnia estaba también exhausta. No sabían qué habían hecho ni cómo habían llegado a descubrirlo.

Dravos se levantó corriendo de la cama, se puso el vestido y marchó corriendo por miedo que Etnia volviera a enfadarse.


Estuvieron días hablando como si nada hubiera pasado. Hasta que volvió a pasar.

Fue camino del pueblo donde cambiaban carne y pieles por frutas y herramientas.

Etnia fue al río a lavarse y Dravos le siguió. Ambos se metieron en las frías y cristalinas aguas, pero no eran obstaculo para darse calor.

Dravos ya estaba excitado y Etnia respondió a sus caricias sin cavilación. Descubrieron un deseo que pensaban eran los únicos del pueblo que podían sentirlo.

Esta vez no hubo preliminares. Dravos entró en Etnia sin estar ella lo suficientemente excitada. Gritó clavando sus uñas en la espalda de su hermano y siguió así largo rato hasta que el dolor fue convirtiéndose poco a poco en placer.

Fueron mucho más calmados. Dedicaban más tiempo en acariciarse, besarse y mirarse a los ojos que en profanarse como si el Mundo fuese a terminar en dos días.
Lo hacían más lentamente y sentían cada parte del cuerpo del otro rozar con la suya.
Estaban haciendo algo que sentían era precioso. Etnia no podía creer que algo que empezaba tan dolorosamente, podía terminar en algo que tan solo una caricia pudiera arrastrar algo tan hermoso y placentero como lo que sentía cuando su hermano se alejaba de ella tras mancharle con el líquido que expulsaba.

Adoraba sentir cada vena, cada abultación, pasando por dentro de ella. Le hacía llorar y reir mientras su hermano la sujetaba por la espalda trayéndola hacia sí y acariciándole los pechos y cuello, apartándole el pelo de los hombros y cara con la otra mano.

Hasta que el líquido blancuzco volvía a salir y manchaba la entrepierna de Etnia.

Pero esta vez no estaban solos.

Los dos ancianos que les acompañaban habían visto los últimos momentos de la relación impropia de hermanos y los sacaron del río inmediatamente obligándoles a vestirse.

Llegaron a aquel pueblo, hicieron el trueque y volvieron a casa.

Estaban asustados. El resto del viaje y esa noche en casa habían estado atados y encerrados en habitaciones diferentes. Según los ancianos estaba prohibido realizar esos actos con personas de la misma sangre.

Etnia estaba tranquilamente acostada en la cama cuando escuchó la puerta abrirse. Su padre la guió hasta la plaza donde su hermano estaba atado a un poste y justo cuando sus miradas se cruzaron, el más anciano del poblado le clavó una lanza en la entrepierna haciéndole sangrar, gritar y agonizar hasta morir. Las últimas palabras de Dravos fueron: no lo entiendo.

Etnia fue castigada de por vida a estar encerrada en su habitación. La depresión le cerró el estómago y murió de inhanición a los pocos días.

El mismo día que Etnia murió, una ola gigante arrasó el pueblo aniquilando a todos los habitantes. Poseidón se había cabreado porque el pueblo de Atenas eligió a Atenea para ser su Diosa protectora. Ellos tampoco habrían entendido su muerte porque no creían en ningún Dios.

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